Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares III. Su padre, Cayo Octavio, gozó ya desde niño de grandes bienes de fortuna y excelente reputación, de forma que no deja de admirarme que algunos escritores nos lo hayan presentado como un prestamista e, incluso, como uno de los agentes electorales o de los asalariados[4] del campo de Marte. Provisto, pues, de abundantes recursos, consiguió fácilmente el acceso a las magistraturas y las desempeñó a la perfección. Como propretor, le tocó en suerte Macedonia y, ya durante el viaje, exterminó a los grupos armados supervivientes de los ejércitos de Espartaco y de Catilina, que se habían adueñado de la región de Turio[5]; encargo éste que había recibido del Senado extraoficialmente. Gobernó su provincia con tanta justicia como energía. Después de aniquilar, en efecto, a los besos y tracios en una gran batalla, supo tratar a sus aliados con tan gran habilidad, que se conservan algunas cartas de Cicerón en las que anima y aconseja a su hermano Quinto —que por aquel entonces ejercía también el proconsulado en Asia, aunque con no muy buena fama— que, para ganarse a sus pueblos aliados, imite el buen hacer de su vecino Octavio.