Balada de pájaros cantores y serpientes (Los juegos del hambre 4)
Balada de pájaros cantores y serpientes (Los juegos del hambre 4) Coriolanus empieza a manipular entrevistas, a planear cómo Lucy Gray debe vestirse, hablar, moverse. Convierte su historia en una tragedia romántica. La chica que no pertenece a ningún distrito. La cantante sin patria.
Mientras tanto, Sejanus Plinth, su compañero de clase y el hijo de un nuevo rico del Capitolio, empieza a mostrar señales de disidencia. Su tributo, Marcus, escapa. Coriolanus lo encuentra malherido en las alcantarillas, y en un acto desesperado por proteger su imagen, no dice la verdad. Una mentira que sellará futuros destinos.
—No dijiste nada —reclama Sejanus días después.
—No era mi lugar. No podía arriesgarlo todo por alguien que ya estaba muerto.
Entre ellos se abre una grieta. Una ideología contra otra. Idealismo contra pragmatismo.
Los tributos son llevados a la arena. Una ruina de estadio bombardeado. Y el caos comienza. No hay estructura, no hay cámaras constantes. Es brutal. Primitivo. Sangre y polvo.
Coriolanus, desde las alturas, observa. Lucy Gray sobrevive con astucia. Canta para calmarse, para distraer, para recordarse quién es. Canta incluso cuando mata. Y en el Capitolio, la gente empieza a mirarla. A seguirla.
