Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Es bueno, por tanto, leer las máximas de nuestros antepasados, aunque teniendo muy en cuenta las épocas y las personas; pues si estudiamos los documentos primitivos comprobaremos que no ha habido revoluciones tan grandes ni tan frecuentes como las de las orejas humanas. En otros tiempos existió un curioso invento para agarrarlas y retenerlas, que creo que pudiéramos con justicia incluir entre las artes perditae. ¿Y cómo podrÃa ser de otro modo, cuando en los últimos siglos la especie misma no solo se ha visto disminuida hasta un grado lamentable, sino que sus pobres restos han degenerado hasta el punto de ser una burla para nuestra más diestra ocupación? Pues si el simple hecho de hendir la oreja de un ciervo fue suficiente para propagar la marca por todo un bosque, ¿por qué debieran extrañarnos las tremendas consecuencias de las muchas podas y mutilaciones a las que han sido sometidas en tiempos recientes las orejas de nuestros padres, asà como las propias? Es un hecho cierto que mientras esta isla nuestra estuvo bajo el imperio de la gracia se hicieron muchos intentos para mejorar el crecimiento de las orejas entre nosotros. Las proporciones de su tamaño no solo eran consideradas como un ornamento del exterior del hombre sino una muestra de su gracia interior. Por otra parte, como sostienen los naturalistas, si se da una protuberancia en algunas partes pertenecientes a la región superior del cuerpo, como las orejas o la nariz, tiene que darse también su correspondencia en la región inferior y, por lo tanto, en aquella época ciertamente tan piadosa, los hombres que hubiera en cualquier asamblea, según como estuvieran dotados, se mostraban muy dispuestos a exhibir sus orejas, asà como las zonas adyacentes. Y ya Hipócrates nos dice que cuando se produce un corte en la vena que hay detrás de la oreja el hombre se convierte en eunuco, asà que las mujeres no les iban en absoluto a la zaga en cuanto a contemplarlas y sentirse edificadas por ellas, y por eso, aquellas que ya habÃan puesto los medios las miraban con gran interés, con la esperanza de poder concebir una adecuada descendencia gracias a aquella perspectiva; otras, en tanto que candidatas a la benevolencia, hallaban allà abundante surtido donde elegir, y seguro que se fijaban en quienes tenÃan las orejas más grandes, para que la estirpe no menguara con su concurso. Por último, las hermanas más devotas, que tomaban todas las dilataciones extraordinarias de ese miembro por hinchazones de celo o excrecencias espirituales, rendÃan honores a todas las cabezas en las que estas aparecÃan como si se tratara de señales de la gracia, pero especialmente a la del predicador, cuyas orejas eran habitualmente de primera magnitud, a cuenta de lo cual las podÃa exhibir con frecuencia y precisión ante el pueblo de la manera más ventajosa: en sus arrebatos retóricos exponÃa unas veces una y otras veces otra, de cuya costumbre se deriva el término exposición, con el que se conoce hasta hoy el arte de predicar entre los que lo profesan.