Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Confieso que he sido un tanto generoso en materia de títulos, tras observar que la ocurrencia de multiplicarlos tiene un gran predicamento entre ciertos escritores a los que tengo en alta consideración. Y ciertamente parece razonable que los libros, como criaturas que son del cerebro, merezcan el honor de ser bautizados con gran diversidad de nombres, como lo son otros hijos de alcurnia. Nuestro famoso Dryden se ha atrevido a dar un paso más, al empeñarse en introducir además a multitud de padrinos, lo que supone una ventaja mucho mayor a todos los efectos. Es una lástima que esa admirable invención no haya sido mejor cultivada, de manera que pudiera ser hoy objeto de imitación general, cuando semejante autoridad le sirve de precedente. Tampoco han sido mis empeños partidarios de secundar un ejemplo tan útil; pero al parecer la profesión de un padrino lleva por lo general aparejada un incómodo gasto, que claramente yo no había tenido en cuenta, como es razonable pensar. No puedo aseverar con seguridad dónde reside el aprieto, pero después de dedicar mil pensamientos y penurias a dividir mi tratado en cuarenta secciones, después de haber suplicado a cuarenta señores conocidos míos que me hicieran el honor de apadrinarlas, todos hicieron de ello una cuestión de conciencia y me enviaron sus excusas.