Los Viajes de Gulliver

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Por entonces empezaba ya a saberse y comentarse en las cercanías que mi amo se había encontrado en el campo un animal extraño, del grandor aproximado de un splacknuck, pero formado exactamente en todas sus partes como un ser humano, al que asimismo imitaba en todas sus acciones. Parecía hablar una especie de lenguaje peculiar; había aprendido ya varias palabras del de ellos; andaba en dos pies; era manso y amable; acudía cuando le llamaban; hacía lo que le mandaban y tenía los más lindos miembros del mundo y un cutis más fino que pudiera tenerlo la hija de un noble a los tres años de edad. Otro labrador que vivía cerca y era muy amigo de mi amo pasó a hacerle una visita con la intención de averiguar lo que hubiese de cierto en este rumor. Me sacaron inmediatamente y me colocaron sobre una mesa, donde paseé según me ordenaron, saqué mi alfanje, lo volví a la vaina, hice una reverencia al huésped de mi amo, le pregunté en su propia lengua cómo estaba y le di la bienvenida, todo del modo que me había enseñado mi niñera. Este hombre, que era viejo y corto de vista, se puso los anteojos para observarme mejor, ante lo cual no pude evitar el reírme a carcajadas, pues sus ojos parecían la luna llena resplandeciendo en una habitación con dos ventanas. Mi gente, que descubrió la causa de mi regocijo, me acompañó en la risa, y el pobre viejo fue lo bastante necio para enfurecerse y turbarse. Tenía aquel hombre fama de muy tacaño, y, por mi desgracia, la merecía cumplidamente, a juzgar por el maldito consejo que dio a mi amo de que en calidad de espectáculo me enseñase un día de mercado en la ciudad próxima, que distaba media hora de marcha a caballo, o sea unas veintidós millas de nuestra casa. Adiviné que maquinaban algún mal cuando advertí que mi amo y su amigo cuchicheaban una buena pieza, a veces señalando hacia mí, y el mismo temor me hacía imaginar que entreoía y comprendía algunas palabras. Pero a la mañana siguiente Glumdalclitch, mi niñera, me enteró de todo el asunto, que ella había sonsacado hábilmente a su madre. La pobre niña me puso en su seno y rompió a llorar de vergüenza y dolor. Recelaba ella que me causara algún daño el vulgo brutal, como, por ejemplo, oprimirme hasta dejarme sin vida, o romperme un miembro cuando me cogiesen en las manos. Había advertido también cuán recatado era yo de mí y cuán cuidadoso de mi honor y suponía lo indigno que había de parecerme ser expuesto por dinero como espectáculo público a las gentes de más baja ralea. Decía que su papá y su mamá le habían prometido que Grildrig sería para ella; pero que ahora veía que iba a sucederle lo mismo que el año pasado, que hicieron como que le regalaban un corderito y tan pronto como estuvo gordo se lo vendieron a un carnicero.


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