Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Es costumbre que todos los viernes -que, como ya he advertido, son sus sábados-, la reina y el rey, con su real descendencia de ambos sexos, coman juntos en la estancia de Su Majestad el rey, de quien yo era ya gran favorito; y en estas ocasiones mi sillita y mi mesita eran colocadas a su izquierda, delante de uno de los saleros. Este príncipe gustaba de conversar conmigo preguntándome acerca de las costumbres, la religión, las leyes, el gobierno y la cultura de Europa, de lo que yo le daba noticia lo mejor que podía. Su percepción era tan clara y su discernimiento tan exacto, que hacía muy sabias reflexiones y observaciones sobre todo lo que yo decía; pero no debo ocultar que cuando me hube excedido un poco hablando de mi amado país, de nuestro comercio, de nuestras guerras por tierra y por mar y de nuestros partidos políticos, los prejuicios de educación pesaron tanto en él, que no pudo por menos de cogerme en su mano derecha, y acariciándome suavemente con la otra, después de un acceso de risa, preguntarme si yo era Whig o Tory. Luego, volviéndose a su primer ministro -que detrás de él daba asistencia, en la mano su bastón blanco, casi tan alto como el palo mayor del Royal Sovereign-, observó cuán despreciable cosa eran las grandezas humanas, que podían imitarse por tan diminutos insectos como yo; «y aun apostaría -dijo- que estas criaturas tienen sus títulos y distinciones, discurren nidos y madrigueras que llaman casas y ciudades, se preocupan de vestidos y trenes, aman, luchan, disputan, defraudan y traicionan». Y así continuó, mientras a mí, de indignación, un color se me iba y otro se me venía viendo a nuestra noble nación, maestra en las artes y en las armas, azote de Francia, árbitro de Europa, asiento de la piedad, la virtud, el honor y la verdad, orgullo y envidia del mundo, con tal desprecio tratada.