Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Imagina por ti, cortés lector, las veces que deseé la lengua de Cicerón o de Demóstenes para poder celebrar la fama de mi querido país natal en un estilo correspondiente a sus méritos y bienaventuranzas. Empecé mi discurso por informar a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas que formaban tres poderosos reinos bajo un soberano, aparte de nuestras colonias de América. Me detuve en ponderar la fertilidad de nuestro suelo y la temperatura de nuestro clima. Hablé luego extensamente de la constitución del Parlamento inglés, formado en parte por un cuerpo ilustre, llamado la Cámara de los Pares, personas de sangre noble y de patrimonios los más antiguos e importantes. Pinté el extraordinario cuidado que siempre se pone en su educación para las artes y las armas, a fin de capacitarlos para ser consejeros a la vez del rey y del reino, participar en la legislación, ser miembros del más alto tribunal de justicia -de cuyas sentencias no puede apelarse- y ejercer de campeones siempre dispuestos a la defensa de su príncipe y de su patria con su valor, conducta y fidelidad. Añadí que ellos eran el adorno y el baluarte del reino, digna descendencia de sus afamados antecesores, que en ella veían honradas las virtudes que siempre practicaron y de cuyo culto jamás sucedió que su posteridad se apartase. A éstos se unían, como parte de la Asamblea, varios santos varones que llevaban el título de obispos, y cuya misión particular era cuidar de la religión y de quienes instruyen en ella a las gentes. Éstos eran buscados y descubiertos de un extremo a otro de la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios entre aquellos sacerdotes que más merecidamente se hubiesen distinguido por la santidad de su vida y la profundidad de su erudición, los cuales, por derecho indiscutible, eran los padres espirituales del clero y del pueblo.