Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver La tomó luego con la administración de nuestro tesoro, y dijo que, sin duda, a mí me había flaqueado la memoria, por cuanto calculé nuestras rentas en unos cinco o seis millones al año, y cuando hice mención de los gastos se encontró con que en ocasiones ascendían a más del doble de esa cantidad, pues sobre este punto había tomado notas muy detalladas, con la esperanza, según me dijo, de que pudiera serle útil el conocimiento de nuestra conducta, y no podía engañarse en sus cálculos. Pero, dado que fuera verdad lo que yo le había dicho, se sorprendía grandemente de cómo un reino podía gastar más de su hacienda como un simple particular. Me preguntó quiénes eran nuestros acreedores y dónde encontrábamos dinero para pagarles. Se maravilló oyéndome hablar de tan dispendiosas guerras, pues sin duda habíamos de ser un pueblo muy pendenciero, o vivir entre muy malos vecinos, y nuestros generales tendrían que ser más ricos que nuestro rey. Me preguntó qué asuntos teníamos fuera de nuestras propias islas, si no eran el comercio y los tratados o la defensa de las costas con nuestra flota. Sobre todo, se asombró al oírme hablar de un ejército mercenario permanente en medio de la paz y entre un pueblo libre. Decía que si nos gobernaban por nuestro propio consentimiento las personas que tenían nuestra representación no podía alcanzársele de quién teníamos temor ni contra quién teníamos que pelear, y me consultaba si la casa de un hombre particular no está mejor defendida por él, sus hijos y su familia que por media docena de bribones cogidos a la ventura en medio de la calle, escasamente pagados y que no tendrían inconveniente en degollar a todos si les ofrecían por ello cien veces su soldada.