Los Viajes de Gulliver

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A poco advertí que el ruido y el aleteo aumentaban rápidamente, al tiempo que mi caja era agitada de arriba abajo como poste de señales en un día de viento. Oí como si diesen de puñadas al águila -pues estoy cierto de que tal debía de ser la que llevaba mi caja en el pico cogida por la anilla-, y de pronto me sentí caer perpendicularmente por espaco de un minuto y con tan increíble celeridad, que casi me faltó el aliento. Mi caída terminó en un choque terrible contra un cuerpo blando, que sonó en mis oídos más fuerte que las cataratas del Niágara; después quedé durante otro minuto en obscuridad completa, y luego mi caja empezó a subir hasta una altura que me permitía ver la luz por la parte superior de las ventanas. Me di cuenta entonces de que había caído en el mar. La caja, por el peso de mi cuerpo, de los objetos que en ella había y de las anchas láminas de hierro puestas como refuerzo en las cuatro esquinas de la tapa y del fondo, flotaba sumergida más de cinco pies en el agua. Supuse entonces y supongo ahora que el águila que se llevó mi caja en el pico se vio perseguida por otras dos o tres y obligada a soltarme para defenderse de las que se llamaban a la parte en la rapiña. Las planchas de hierro fijadas en el fondo de la caja, como eran las más gruesas, impidieron el vuelco durante la caída y el destrozo contra la superficie de las aguas.Las ensambladuras de la caja estaban bien ajustadas y la puerta no se volvía sobre goznes, sino que subía y bajaba como una ventana corrediza; así, mi gabinete quedaba tan bien cerrado, que entró muy poca agua. Con gran dificultad pude abandonar la hamaca después de haberme aventurado a correr el tablero del techo dispuesto para dejar entrada al aire, de que he hecho mención ya, pues me sentía casi asfixiado.


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