Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Los marineros eran todo asombro y me hacían a millares preguntas que yo no tenía maldita la gana de contestar. Estaba igualmente confundido a la vista de tantos pigmeos, pues tales parecían a mis ojos, por tanto tiempo acostumbrado a los monstruosos objetos que acababa de dejar. El capitán, Mr. Thomas Wilcocks, un digno y honrado habitante de Shropshire, observando que yo estaba a punto de desmayarme me llevó a su camarote, me dio un cordial que me confortara y me hizo acostar en su propio lecho, con la recomendación de que descansara un poco, lo que bien había menester. Antes de dormirme le di a conocer que en mi caja tenía moblaje de algún valor, que sería lástima que se perdiese: una bonita hamaca, una hermosa cama de campaña, dos sillas, una mesa y un escritorio; que el gabinete estaba tapizado y aun acolchado con seda y algodón, y que si hacía que uno de la tripulación lo entrase en su camarote lo abriría y le enseñaría mis muebles. El capitán, al oírme tales absurdos, pensó que yo deliraba. No obstante, me prometió -supongo que para serenarme- que daría órdenes según mis deseos, y subiendo a cubierta mandó a algunos hombres que entrasen en mi gabinete, de donde -según vi después- sacaron todos los muebles y arrancaron todo el acolchado; pero las sillas, el escritorio y la cama, como estaban atornillados al suelo, sufrieron gran daño por la ignorancia de los marineros que los arrancaron por la fuerza. Quitaron después a golpes algunas tablas para emplearlas en el barco, y cuando hubieron cogido todo lo que les vino en gana, tiraron al mar el armatoste, que a causa de las numerosas brechas que le habían abierto en el fondo y en los costados, se hundió rápidamente. Y por cierto que tuve a ventura no haber sido espectador del estrago que hicieron, pues tengo la seguridad de que me hubiera impresionado profundamente recordándome episodios que prefería olvidar.