Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Le pregunté si él o la tripulación habían visto en los aires alguna gigantesca ave por el tiempo en que echaron de ver la caja por primera vez. A ello me contestó que hablando de este asunto con sus marineros, mientras yo dormía, dijo uno de ellos que había visto tres águilas que volaban hacia el Norte; pero no hizo observación ninguna en cuanto a que fuesen mayores del tamaño normal, lo cual supongo yo que ha de atribuirse a la gran altura a que estaban. No acertaba el capitán a comprender la razón de mi pregunta; le interrogué entonces a qué distancia de tierra calculaba que estaríamos. Me dijo que, según su cómputo más exacto, estábamos por lo menos a cien leguas. Le aseguré que debía de estar equivocado casi en una mitad, puesto que yo no había salido del país de que procedía más de dos horas antes de mi caída en el mar. Con esto él empezó a creer nuevamente que mi cabeza no estaba firme, lo cual me sugirió en cierto modo, y me aconsejó que me fuese a acostar a un camarote que me había preparado. Le aseguré que su buen trato y compañía me habían reconfortado mucho y que estaba tan en mi juicio como toda mi vida había estado. Se puso serio entonces y me preguntó francamente si no estaría yo perturbado por el sentimiento interior de algún enorme crimen que fuese la causa de que, por mandato de algún príncipe, se me hubiera castigado poniéndome en aquella arca, al modo que en otros países se ha lanzado a grandes criminales al mar en un barco agujereado, sin provisiones; pues aunque sentiría haber recogido en su barco a hombre tan perverso, comprometería su palabra de dejarme salvo en tierra en el primer puerto a que llegásemos. Añadió que habían aumentado sus sospechas algunos razonamientos absurdos de todo punto que yo había hecho a los marineros primero, y luego a él mismo, en relación con mi gabinete o caja, así como mi conducta y mis miradas extrañas durante la cena.