Los Viajes de Gulliver

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Estaban presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí de sus vestidos-, a quienes se encargó que se dirigiesen a mí. Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía algún conocimiento, tales como alto y bajo alemán, latín, francés, español, italiano y lengua franca; pero de nada sirvió. Después de unas dos horas se retiró la corte y me dejaron con una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y probablemente la malignidad de la plebe, que se apiñaba muy impaciente a mi alrededor todo lo cerca que su temor le permitía, y entre la cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme flechas estando yo sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa. Con una de ellas estuvo en nada que me atinase al ojo izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que ningún castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos con los extremos de las picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo vivo. El pobre hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto, especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues mirando amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo dejé suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros, sacándolos del bolsillo uno por uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en la corte muy en provecho mío.


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