Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver No consintió en quedarse más que con un diente de un lacayo, que advertà que examinaba con gran curiosidad y comprendà que tenÃa capricho por él. Lo recibió con abundancia de palabras de agradecimiento, muchas más de las que tal chucherÃa pudiese merecer. Se lo habÃa sacado un cirujano ignorante a uno de los servidores de Glumdalclitch que padecÃa dolor de muelas, pero estaba tan sano como cualquiera otro de su boca. Lo hice limpiar y lo guardé en mi escritorio. TenÃa como un pie de largo y cuatro pulgadas de diámetro.
Quedó el capitán muy satisfecho de la sencilla relación que le hice, y me dijo que confiaba en que a mi regreso a Inglaterra harÃa al mundo la merced de escribirla y publicarla. Mi respuesta fue que, a mi juicio, tenÃamos ya demasiados libros de viaje, y apenas sucedÃa nada en la época que no fuese extraordinario, de donde sospechaba yo que algunos autores consultaban más que a la verdad, a su vanidad, a su interés o a la diversión de los lectores ignorantes. Y añadà que en mi historia casi no habrÃa otra cosa que acontecimientos vulgares, sin aquellas ornamentales descripciones de extraños árboles, plantas, pájaros y otros animales, o de las costumbres bárbaras y la idolatrÃa de pueblos salvajes, en que abundan la mayor parte de los escritores. No obstante, le di las gracias por la buena opinión en que me tenÃa y le ofrecà pensar el asunto.