Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Después de este prefacio me dio detallada cuenta de cómo viven los struIdbrugs allí. Díjome que ordinariamente se conducían como mortales hasta que tenían unos treinta años, y luego, gradualmente, iban tornándose melancólicos y abatidos, más cada vez, hasta llegar a los ochenta. Sabía esto por propia confesión, aunque, por otra parte, como en cada época no nacían arriba de dos o tres de tal especie, era escaso número para formar con sus confesiones un juicio general. Cuando llegaban a los ochenta años, edad considerada en el país como el término de la vida, no sólo tenían todas las extravagancias y flaquezas de los otros viejos, sino muchas más, nacidas de la perspectiva horrible de no morir nunca. No sólo eran tercos, enojadizos, avaros, ásperos vanidosos y charlatanes, sino incapaces de amistad y acabados para todo natural afecto, que nunca iba má allá de sus nietos. La envidia y los deseos impotentes constituían sus pasiones predominantes. Pero los objetos que parecían excitar en envidia en primer término eran los vicios más propios de la juventud y la muerte de los viejos. Pensando en los primeros, se encontraban apartados de toda posibilidad de placer, y cuando veían un funeral se lamentaban y afligían de que los otros llegaran a un puerto de descanso al que ellos no podían tener esperanza de arribar nunca. No guardan memoria sino de aquello que aprendieron y observaron en su juventud, y para eso, muy imperfectamente; y por lo que a la verdad o a los detalles de cualquier acontecimiento se refiere, es más seguro confiar en las tradiciones comunes que en sus más firmes recuerdos. Los menos miserables parecen los que caen en la chochez y pierden enteramente la memoria; éstos encuentran más piedad y ayuda porque carecen de las malas cualidades en que abundan los otros.