Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Su Majestad, que muchas veces me había instado para que aceptase un empleo en la corte, viéndome absolutamente decidido a volverme a mi país natal, se dignó concederme licencia para partir y me honró recomendándome en una carta de su propia mano al emperador del Japón. Asimismo me hizo un presente de cuatrocientas cuarenta y cuatro monedas grandes de oro -esta nación se perece por los números que se leen igual cualquiera que sea el lado por que se comience- y un diamante rojo que vendí en Inglaterra por mil cien libras.