Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Rogué a su señoría que se dignase excusarme de continuar, porque estaba cierto de que los informes que esperaba de mí habían de serle sumamente desagradables. Pero él insistió en exigirme que le enterase de todo, bueno y malo, y yo le dije que sería obedecido. Reconocí que nuestros houyhnhnms, que nosotros llamábamos caballos, eran los más generosos y bellos animales que teníamos, y que se distinguían por su fuerza y su ligereza; y cuando pertenecían a personas de calidad que los empleaban para viajar, correr en concursos o arrastrar carruajes, eran tratados con gran regalo y atención, hasta que contraían alguna enfermedad o se despeaban. Llegado este caso, eran vendidos y dedicados a las más ingratas faenas hasta su muerte, y después de ella se les arrancaba la piel, que era vendida para varios usos, y se dejaba el cuerpo para que lo devorasen perros y aves de rapiña. Mas los caballos de raza corriente no tenían tan buena fortuna, pues estaban en manos de labradores y carreteros, que les hacían trabajar más y les daban de comer peor. Describí lo mejor que pude cómo montamos a caballo, la forma y el uso de la brida, la silla, la espuela y el látigo, el arnés y las ruedas. Añadí que les fijábamos planchas de cierta materia dura, llamada hierro, en los extremos de las patas, para evitar que se les rompiesen los cascos contra los caminos empedrados, por donde caminábamos con frecuencia.