Los Viajes de Gulliver

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Iba a pasar a nuevos detalles, cuando mi amo me ordenó silencio. Díjome que cualquiera que conociese el natural de los yahoos podía fácilmente creer posible en un animal tan vil todas las acciones a que yo me había referido, si su fuerza y su astucia igualaran a su maldad. Pero advertía que mi discurso, al tiempo que aumentaba su aborrecimiento por la especie entera, había llevado a su inteligencia una confusión que hasta allí le era desconocida totalmente. Pensaba que sus oídos, hechos a tan abominables palabras, pudieran, por grados, recibirlas con menos execración. Añadió que, aunque él odiaba a los yahoos de su país, nunca los había culpado de sus detestables cualidades de modo distinto que culpaba a una gnnayh (ave de rapiña) de su crueldad, o a una piedra afilada de cortarle el casco; pero cuando un ser que se atribuía razón se sentía capaz de tales enormidades, le asaltaba el temor de que la corrupción de esta facultad fuese peor que la brutalidad misma. Con todo, confiaba en que no era razón lo que poseíamos, sino solamente alguna cierta cualidad apropiada para aumentar nuestros defectos naturales; de igual modo que en un río de agitada corriente se refleja la imagen de un cuerpo disforme, no sólo mayor, sino también mucho más desfigurada.




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