Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver No vi habitantes en el sitio donde desembarqué, y, como iba desarmado, tuve miedo de internarme en el paÃs. Encontré en la playa algunos mariscos, que comà crudos, pues temÃa que haciendo fuego me descubriesen los indÃgenas. Pasé tres dÃas más alimentándome de ostras y lápades, a fin de ahorrarme vÃveres, y por ventura encontré un arroyo de agua excelente, la que me sirvió de gran alivio.
El cuarto dÃa me aventuré por la mañana temprano un poco más al interior, y vi veinte o treinta indÃgenas en una loma, no más de quinientas yardas de mÃ. Estaban por completo desnudos, hombres, mujeres y chicos, alrededor de una hoguera, según pude conocer por el humo. Uno de ellos me advirtió y dio cuenta a los demás; avanzaron hacia mà cinco, dejando a las mujeres y los chicos junto al fuego. Corrà a la costa todo lo ligero que pude, y saltando a la canoa emprendà la retirada. Los salvajes, al ver mi huÃda, corrieron tras de mÃ, y sin darme tiempo a entrarme bastante en el mar, me dispararon una flecha que me produjo una profunda herida en la cara interna de la rodilla izquierda, de la que tendré cicatriz mientras viva. Temiendo que la flecha estuviese envenenada, una vez que a fuerza de remos -el dÃa estaba en calma- me puse fuera del alcance de sus dardos, me hice la succión de la herida y me la curé como pude.