El estado judÃo
El estado judÃo De todo lo dicho se desprende que también a los delincuentes judÃos los entregaremos más fácilmente que cualquier otro Estado, hasta el momento que impongamos el castigo según los principios vigentes en todos los demás paÃses civilizados. Habrá, pues, un lapso durante el cual recibiremos a nuestros delincuentes, sólo después de cumplir la condena. Pero si la han cumplido serán recibidos sin ninguna restricción; entre nosotros los delincuentes han de comenzar una vida nueva. De esta manera, la emigración puede llegar a ser, para muchos judÃos, una crisis provechosa. Serán suprimidas las malas condiciones exteriores, debido a las cuales se han echado a perder muchos caracteres y los extraviados podrán alcanzar la salvación.
Quisiera contar, someramente, la historia que encontré en un informe sobre las minas de oro de Witwatersrand. Un hombre llegó un dÃa a ese paÃs, se estableció, ensayó algunas cosas, pero no la minerÃa, finalmente fundó una fábrica de hielo, que prosperó y ganó pronto la consideración general por su honestidad. Al cabo de algunos años fue detenido. Como banquero, habÃa cometido fraudes en Francfort, habÃa huido y empezado aquÃ, con un nombre falso, una vida nueva. Pero cuando se lo llevaba preso, aparecieron en la estación las personas más calificadas, le dijeron cordialmente adiós y… ¡hasta la vista! Puesto que él debÃa volver.