El estado judÃo
El estado judÃo Los ataques en parlamentos, reuniones, prensa, púlpitos, en la calle, en los viajes —exclusión de ciertos hoteles y hasta lugares de diversión— aumentan de dÃa en dÃa. La persecución tiene distinto carácter, según los paÃses y los cÃrculos sociales. En Rusia, las aldeas judÃas son saqueadas; en RumanÃa, matan a hombres aislados; en Alemania, se los apalea ocasionalmente; en Austria, los antisemitas aterrorizan los sectores de la vida pública; en Argelia, surgen predicadores de la expulsión; en ParÃs, la llamada buena sociedad se encierra en sà misma y los cÃrculos quedan cerrados a los judÃos. Los matices son innumerables. No se pretende hacer aquà la dolorosa enumeración de todas las penas judÃas. No queremos detenernos en los detalles, por más aflictivos que sean.
No es mi propósito mover a compasión. Todo esto es vano, inútil e indigno. Me limito a preguntar a los judÃos: ¿no es cierto que en los paÃses donde habitamos en número apreciable la situación de los abogados, médicos, técnicos, maestros y empleados judÃos de toda clase se hace cada vez más insoportable? ¿No es cierto que toda la clase media se halla terriblemente amenazada? ¿No es cierto que contra los ricos, de entre nosotros, son excitadas todas las pasiones del populacho? ¿No es cierto que nuestros pobres sufren mucho más que todos los demás proletarios?