El estado judÃo
El estado judÃo La presión ejercida sobre nosotros no nos hace mejores. No diferimos de los demás hombres. Es cierto que no amamos a nuestros enemigos. Pero el derecho de echárnoslo en cara le asiste sólo al que pueda dominarse a sà mismo. La presión excita, naturalmente, en nosotros el rencor contra nuestros opresores y nuestro rencor aumenta, a su vez, la presión. Es imposible salir de este cÃrculo vicioso.
—¡Y sin embargo es posible! —dirán algunos tiernos visionarios inculcando a los hombres sentimientos de bondad.
¿He de demostrar ahora la extravagancia sentimental que implica esta afirmación? El que quiere fundamentar un mejoramiento de la situación basado en la bondad de todos los hombres, que escriba, en todo caso, una utopÃa.
