Ana Karenina
Ana Karenina Por su parte, Levin, con los pantalones puestos, pero sin chaleco ni frac, paseaba de una parte a otra por su habitación del hotel asomándose sin cesar a la puerta y mirando el pasillo. Pero en el pasillo no aparecÃa aquel a quien esperaba, y habÃa de volver, desesperado, a la alcoba, agitando los brazos y dirigiéndose a Esteban Arkadievich, que fumaba tranquilamente.
-¿Habrá habido alguna vez hombre en tan necia situación? -decÃa Levin.
-SÃ, es bastante necia -convenÃa Oblonsky, sonriendo con suavidad-. Pero cálmate; lo la traerán ahora mismo.
-¡Oh! -exclamaba Levin, con ira contenida-. ¡Y estos absurdos chalecos, tan abiertos! ¡Es imposible! -decÃa, mirando la pechera arrugada de su camisa-. ¿Y qué hacemos si se han llevado ya los equipajes a la estación del ferrocarril? —exclamaba exasperado.
-Entonces te pondrás la mÃa.
-¡Ya podÃamos haberlo hecho hace tiempo!
-No conviene dar motivo de burla. Cálmate, todo se arreglará.
HabÃa sucedido que, cuando Levin llamó a Kusmá para que le ayudase a vestirse, el viejo criado le llevó el frac, chaleco y lo demás necesario excepto la camisa.
–¿Y la camisa? –preguntó Levin.