Ana Karenina
Ana Karenina Al fin, el culpable Kusmá entró en la habitación, casi sin aliento, trayendo la camisa.
–Por poco no la alcanzo. Estaban ya poniendo las cosas en el carro –dijo.
Tres minutos después, sin mirar el reloj para no irritar aún más la herida, Levin se halló corriendo por el pasillo.
–Con correr ya no ganas nada –decía Esteban Arkadievich, siguiéndole sin precipitarse y sonriendo–. Te aseguro que todo se arreglará, todo…