Ana Karenina

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Dolly, Chirikov y Esteban Arkadievich se adelantaron para corregirles. Hubo un poco de confusión, la gente cuchicheaba y sonreía, pero la solemnidad y la humilde expresión de los rostros de los novios no se modificaron. Por el contrario, al equivocarse de mano, los dos miraban con mayor gravedad que antes, y la sonrisa con la que Oblonsky anunció que cada uno debía ponerse su propio anillo, expiró involuntariamente en sus labios, comprendiendo que cualquier sonrisa podía ser una ofensa para los desposados.

–¡Oh, Dios! que desde el principio creaste al hombre –leía el sacerdote después de cambiar los anillos– y le has dado a la mujer por compañera para la continuación del género humano. Tú, Dios y Señor Nuestro, que enviaste tu verdad a tus siervos, a nuestros padres, elegidos por ti de generación en generación para conservarla y obedecerte. Dígnate mirar a tus siervos Constantino y Catalina y santifica sus desposorios en una misma fe y un mismo pensamiento de concordia y de amor.

Levin tenía cada vez más clara la sensación de que todo lo que había pensado sobre el matrimonio, sus sueños sobre la manera en que organizaría su vida eran cosas pueriles, y que esta nueva situación de ahora no la había comprendido jamás, y a la sazón la comprendía menos que nunca.


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