Ana Karenina
Ana Karenina
En la iglesia estaban todos los parientes y conocidos, todo Moscú.
Durante la ceremonia, bajo la clara iluminación de la iglesia, en el grupo de señoras y señoritas elegantemente ataviadas y de hombres con corbata blanca, fraques o uniformes, no cesaba de oÃrse un continuo murmullo, discretamente sostenido en voz baja, iniciado en su mayor parte por los hombres, mientras las mujeres preferÃan observar los detalles de ese acto religioso que siempre despierta en ellas tan vivo interés.
En el grupo más próximo a la novia estaban sus dos hermanas. Dolly, la mayor, y la bella y serena Lvova llegada del extranjero.
–¿Por qué Mary va de color lila, casi de negro, en una boda? –preguntó la Korsunskaya.
–Es el único color que va bien con el de su cara –contestó la Drubeskaya–. Me extraña que celebren la boda por la noche. Es costumbre de comerciantes.
–Es más hermoso. Yo también me casé por la noche –repuso la Korsunskaya suspirando al recordar lo bella que estaba aquel dÃa, lo ridÃculamente enamorado de ella que estaba entonces su marido y lo distinto que era todo ahora.
