Ana Karenina
Ana Karenina Las plegarias recordaban que Dios había creado a la mujer de una costilla de Adán, y que por eso «el hombre dejará padre y madre, y se unirá a la mujer, y formará con ella una misma carne y una misma sangre, lo que era un gran misterio». Luego se deseaba que Dios bendijera a los desposados y les hiciese fecundos, como a Isaac y Rebeca, Moisés y Séfora, y que vieran a los hijos de sus hijos.
«¡Cuán hermoso es todo esto!», pensaba Kitty, oyéndolo. «No, no puede ser de otro modo.»
Y su animado rostro irradiaba una sonrisa alegre que involuntariamente se transmitía a cuantos la miraban.
«¡Pongánselas del todo!», se oyó aconsejar cuando el sacerdote colocó sobre la cabeza las coronas nupciales, y Scherbazky, con mano temblorosa, sostuvo en el aire la corona sobre la cabellera de Kitty.
–Póngamela –murmuró ella sonriendo.
Levin, mirándola, se sorprendió de la alegre irradiación del rostro de Kitty. Sin querer, aquel sentimiento se le comunicó y se notó radiante y dichoso como ella.