Ana Karenina
Ana Karenina –Bese usted a su esposa, y usted, esposa, a su marido.
Y les cogió los cirios de las manos.
Levin besó suavemente los labios sonrientes de Kitty, le ofreció el brazo y, sintiéndola extrañamente próxima a él, la sacó de la iglesia. No podía creer que todo lo sucedido fuese real, y sólo comenzó a darle fe cuando sus miradas, tímidas y asombradas, se encontraron, y sintió en aquel momento con plena verdad que los dos no formaban ya más que uno.
Después de la cena, aquella misma noche, los recién casados se fueron al campo.