Ana Karenina
Ana Karenina –Yo supe que habÃa aquà un Vronsky, pero ignoraba que fueras tú. Siento una alegrÃa sincera.
–Entra, haz el favor… Y ¿qué haces aqu�
–Trabajar. Llevo aquà más de un año.
–¡Ah! –dijo Vronsky con interés–. Pasa, pasa.
Y, siguiendo la costumbre rusa de hablar en francés cuando no se quiere ser entendido por los criados, Vronsky dijo en aquella lengua:
–¿Conoces a la Karenina? Viajamos juntos –y, al hablar, miraba intencionadamente a Golenischev–. Voy a verla ahora.
–No lo sabÃa –contestó indiferente Golenischev, aunque estaba enterado–. ¿Hace mucho que estás aquÃ? –preguntó.
–Tres dÃas –repuso Vronsky, mirando de nuevo con atención el rostro de su amigo.
«Es un hombre correcto y considera el asunto como debe», se dijo, comprendiendo el significado de la expresión del semblante de su amigo y su cambio de conversación. «Puedo presentárselo a Ana. Tomará las cosas en el sentido más razonable.»
En los tres meses que Ana y Vronsky llevaban juntos en el extranjero, tratando gentes nuevas, Vronsky se preguntaba siempre cómo considerarÃa tal o cual persona sus relaciones con Ana.