Ana Karenina

Ana Karenina

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Al salir Ana con capa y sombrero y, con un rápido ademán de su bella mano que jugaba con el quitasol, ponerse al lado de Vronsky, éste, con un sentimiento de alivio, separo sus ojos de la doliente riada de Golenischev y los puso con renovado amor en su hermosa amiga, llena de vida y de alegría.

Golenischev, tranquilizándose a duras penas, permaneció unos momentos triste y taciturno. Pero Ana, que estaba entonces en una excelente disposición de ánimo, le distrajo en seguida con su trato sencillo y alegre.

Probando varios temas de conversación, le llevó, al fin, a la pintura, de la que Golenischev hablaba con mucho conocimiento. Ana le escuchaba con atención.

Andando, llegaron a la casa que iban a alquilar y la visitaron.

Cuando volvían, Ana dijo a Golenischev:

–Estoy contenta de una cosa… Alexey tendrá un buen atelier. No dejes de quedarte con aquella habitación –indicó a Alexey, en ruso, comprendiendo que Golenischev, en la soledad en que vivían, se convertía en un amigo ante quien no tenía por qué fingir.

–¿Pintas? –preguntó Golenischev dirigiéndose a Vronsky.

–Sí. Hace tiempo lo practiqué y ahora empiezo de nuevo –repuso éste sonrojándose.


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