Ana Karenina

Ana Karenina

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Ahora, mirando el cuadro con ojo de artista, adquiría la certeza absoluta de su perfección y la seguridad de su transcendencia, sentimiento que necesitaba para alcanzar aquella tensión que excluía todo otro interés y sin la cual no le era posible trabajar.

No obstante, el pie de Cristo le parecía ahora algo desproporcionado. Cogió la paleta y empezó a trabajar.

Mientras corregía el pie, miraba sin cesar la figura de Juan, en segundo término, y en el que no se fijaron los visitantes, pero que él sabía que era un modelo de perfección.

Concluido el pie, pensó en trabajar en aquella figura, pero se sentía demasiado conmovido para poder hacerlo. No podía trabajar ni en frío ni cuando se sentía emocionado y lo veía todo exageradamente. De la frialdad a la inspiración había sólo un peldaño, y era entonces cuando le resultaba posible pintar. Hoy tuvo, pues, que abandonar el trabajo.

Fue a tapar el cuadro, pero se detuvo con el paño en la mano mirando embelesado la figura de Juan.

Al fin, apartó la mirada con pena, dejó caer el paño, y cansado, pero feliz, volvió a su casa.

Vronsky, Ana y Golenischev, de regreso, iban animados y alegres.


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