Ana Karenina
Ana Karenina
Cuando Levin subió, su mujer estaba ante un nuevo samovar de plata y un servicio de tazas también nuevo. HabÃa hecho sentar a Agafia Mijailova ante la mesita de té, y leÃa una carta de Dolly, con la que cruzaba continua y frecuente correspondencia.
–¿Ve? Su señora me ha hecho sentarme con ella –dijo Agafia Mijailovna, sonriendo amistosamente a Kitty. Y en las palabras de la anciana, Levin leyó el final del drama desarrollado últimamente entre ambas mujeres. VeÃa que, a pesar del dolor ocasionado por Kitty al aya al quitarle las riendas del gobierno doméstico, ella habÃa vencido al fin, consiguiendo hacerse querer.
–Toma, aquà hay una carta para ti –dijo Kitty tendiéndole una llena de faltas ortográficas–. Es de una mujer… al parecer aquella de tu hermano. No la he leÃdo. Y ésta es de mi familia. Dolly ha llevado al baile infantil de casa de Sarmatsky a Gricha y a Tania. Tania vestÃa de marquesa…
Levin no la escuchaba. Sonrojándose, tomó la carta de MarÃa Nicolaevna, la ex amante de su hermano Nicolás.
