Ana Karenina
Ana Karenina
Al día siguiente, el enfermo comulgó y recibió la extremaunción. Durante la ceremonia, Nicolás oró con fervor. En sus grandes ojos, fijos en el icono puesto sobre la mesa, plegada y cubierta con un paño de color, había tanta imploración vehemente, tanta esperanza, que Levin le miraba aterrado, porque sabía que aquella imploración y aquella esperanza harían más dolorosa la separación de la vida que su hermano amaba tanto.
Levin conocía a Nicolás y su modo de pensar, le constaba que su falta de fe no procedía de que le fuera más cómodo vivir sin ella, sino de que, poco a poco, las explicaciones científicas de los fenómenos universales la habían borrado de su alma.
El retorno, pues, de su hermano a la fe no era sincero, hijo de la reflexión, sino momentáneo, egoísta, nacido de una vana esperanza de curarse.
Levin sabía que Kitty había avivado aquella esperanza relatándole casos extraordinarios de curaciones oídas por ella, y esto hacia aun mas penosa para él la mirada llena de ruego y esperanza de su hermano, y la vista de aquella mano que se levantaba con dificultad para trazar la señal de la cruz sobre aquella frente de piel tirante y ante aquellos hombros salientes y aquel pecho hueco y ronco que ya no podía abrigar en sí la vida por la que oraba el enfermo.
