Ana Karenina

Ana Karenina

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Cuando él entraba en la estancia, se ruborizaba de emoción, y no podía reprimir una sonrisa de gozo cuando le decía algo agradable.

Estos últimos días se había enterado de que Ana y Vronsky estaban en San Petersburgo, y la Condesa vivía sus días de más intensa emoción. Tenía que salvar a Karenin impidiéndole ver a Ana; incluso debía evitarle la penosa noticia de que aquella terrible mujer se hallaba en la misma ciudad que él y donde en cada momento podía encontrarla.

Lidia Ivanovna, mediante sus conocidos, se informaba de lo que pensaba hacer aquella «gente asquerosa», como llamaba a Ana y Vronsky, y procuró durante aquellos días orientar todos los movimientos de su amigo de modo que no les encontrara.

Un joven ayudante de regimiento que facilitaba a Lidia Ivanovna las noticias de cuanto Vronsky hacía, a cambio de una recomendación que esperaba de ella, le dijo que Ana y Vronsky, arreglados sus asuntos, se disponían a partir al día siguiente.

Lidia Ivanovna empezaba, pues, a tranquilizarse, cuando al día siguiente recibió una carta cuya letra reconoció en seguida: era de Ana.

El sobre era grueso como un libro, y la carta, escrita en papel oblongo y amarillo, estaba muy perfumada.


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