Ana Karenina
Ana Karenina
Kapitonich –dijo Sergio, colorado y alegre, al volver de pasear la vÃspera del dÃa de su cumpleaños, entregando su poddievska al viejo portero, que le sonreÃa desde lo alto de su estatura–––. ¿Ha venido hoy aquel empleado de la mejilla vendada? ¿Le ha recibido papá?
–Le recibió, señorito. En cuanto salió el secretario, le anuncié –dijo el portero, guiñando jovialmente el ojo–. Déjeme que le ayude a quitarse…
–Sergio –dijo el preceptor eslavo, parándose en la puerta que daba a las habitaciones interiores–. QuÃtese usted mismo los chanclos.
Aunque Sergio oyó la voz débil del preceptor, no le hizo caso. De pie, agarrándose al cinturón del portero agachado, le miraba el rostro.
–¿Y le concedió papá lo que necesitaba?
Kapitonich hizo con la cabeza una señal afirmativa.
Tanto Sergio como el portero se interesaban por aquel empleado, que habÃa ido allà ya siete veces a pedir no se sabÃa qué a Alexey Alejandrovich. El niño le habÃa encontrado en el vestÃbulo y oyó cómo suplicaba con voz lastimera al portero que le anunciase, diciendo que a él y a sus hijos no les quedaba otro recurso que dejarse morir.
