Ana Karenina

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Además, la niña no era aún más que una esperanza, mientras que Sergio era ya casi un hombre, un hombre querido, en el cual se agitaban ya pensamientos y sentimientos. Sergio la comprendía, la amaba, la estudiaba, pensaba Ana, recordando las palabras y las miradas de su hijo.

¡Y estaba separada de él para siempre!, no sólo materialmente, sino también en lo moral, y esta situación no tenía remedio.

Ana entregó la niña a la nodriza, dejó marchar a ésta y abrió el medallón que contenía el retrato de Sergio casi con la misma edad que ahora tenía la niña.

Luego se levantó y, quitándose el sombrero, tomó de una mesita el álbum en que había fotografías de él a diferentes edades, y, para compararlas, las sacó todas.

Quedaba una, la última y la mejor. Sergio, vestido con camisa blanca, sentado a horcajadas sobre la silla entornaba los ojos y sonreía. Era su expresión más característica y aquella en la que había salido con más naturalidad.


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