Ana Karenina

Ana Karenina

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La mesa estaba servida para cuatro. Todos se preparaban a pasar al comedorcito, cuando llegó Tuschkevich con un recado de la princesa Betsy para Ana.

Betsy le pedía perdón por no poder ir a saludarla antes de que marchase, ya que estaba indispuesta, y rogaba a su amiga que fuese a visitarla de seis y media a nueve.

Vronsky la miró al advertir que la hora que se le señalaba indicaba que se tomaban medidas para impedir que Ana coincidiese con nadie, pero ella pareció no advertirlo.

–Siento que no me sea posible ir precisamente a esa hora –dijo Ana con sonrisa imperceptible.

–La Princesa lo sentirá mucho.

–También yo.

–¿Irá usted a oír a la Patti? –preguntó Tuschkevich.

–¿La Patti? Me da usted una idea. Iría con gusto si fuese posible encontrar un palco.

–Yo lo puedo buscar –ofreció Tuschkevich.

–Se lo agradecería mucho. ¿Quiere comer con nosotros?

Vronsky se encogió levemente de hombros.

Decididamente, no comprendía la actitud de Ana. ¿Por qué había hecho venir a la vieja Princesa, por qué invitaba a comer a Tuschkevich y –lo que era más sorprendente–, por qué le pedía el palco?


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