Ana Karenina

Ana Karenina

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–Claro que nada lo prohíbe –contestó Vronsky frunciendo el entrecejo.

–Lo mismo digo yo –repuso Ana, con intención, sin comprender la ironía de su tono y desplegando calmosamente su guante largo y perfumado.

–¡Por Dios, Ana! ¿Qué le pasa? –exclamó Vronsky, como si tratase de despertarla a la realidad en el mismo tono que lo hacía su marido en otros tiempos.

–No comprendo lo que me pregunta.

–Bien sabe que no es posible ir.

–¿Por qué? No voy sola. La princesa Bárbara ha ido a vestirse y me acompañará.

Vronsky se encogió de hombros, perplejo y desesperado.

–¿No sabe â€¦ ? ––empezó.

–Ni lo quiero saber –contestó Ana, casi a gritos–. No quiero… ¿Acaso me arrepiento de lo hecho? ¡No, no y no! Y si hubiera empezado así desde el principio, habría sido mejor. Para usted y para mí lo único importante es una cosa: si nos amamos o no. ¡Y nada más! ¿Por qué vivimos aquí separados, sin apenas vemos? ¿Por qué no he de ir al teatro? Te quiero y todo lo demás me da igual –añadió en ruso, mirándole con un brillo en los ojos incomprensible para Vronsky–con tal que tú no hayas cambiado. ¿Por qué me miras así?


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