Ana Karenina

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Capítulo 3

 

Kitty se alegró de quedar sola con su marido, porque en el rostro de él, que reflejaba tan vivamente todos sus sentimientos, vio una sombra de tristeza en el momento en que, entrando en la terraza, le preguntó de qué habían hablado y ella no contestó.

Cuando, marchando ante todos, a pie, perdieron de vista la casa y salieron al camino polvoriento, llano, cubierto de espigas y granos de centeno, ella se apoyó más en el brazo de su esposo y le apretó contra sí.

Levin olvidó la reciente impresión desagradable y, a solas con Kitty, el recuerdo de cuyo estado no le abandonaba jamás, experimentó una vez más el sentimiento, alegre y puro, de hallarse próximo a la mujer querida.

No tenía de qué hablarle, pero deseaba oír el sonido de su voz, que había cambiado durante su embarazo.

En su voz y en sus ojos había ahora la dulzura y la gravedad de las personas concentradas en una ocupación que les es grata.

–¿No te cansarás? Apóyate más en mi brazo –dijo Levin.


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