Ana Karenina

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–¡Ven Stiva! –llamó Levin, sintiendo que su corazón latía con más fuerza.

Dijérase que en su oído se había descorrido un cerrojo y que todos los sonidos comenzaban a impresionarlo desmesuradamente y en desorden, pero de un modo preciso. Oía los pasos de Esteban Arkadievich confundiéndolos con el lejano pisar de los caballos, sintió un crujido en el montículo de tierra que pisó y lo tomó por el vuelo de un pájaro, y, más lejos, percibió un chapoteo que no podía explicarse.

Eligiendo sitio donde apostarse, se acercó al perro.

–¡Listo! ––ordenó a «Laska».

Se levantó una chocha. Levin apuntó, pero en aquel momento el sonido del chapoteo, que había oído antes, se hizo más fuerte, uniéndosela ahora la voz de Vaseñka, que gritaba de un modo extraño. Levin, aunque veía que apuntaba a la chocha un poco bajo, disparó. Una vez convencido de que había fallado el tiro, miró a sus espaldas y vio que los caballos del charabán, que estaban en el camino, se habían internado en el terreno pantanoso, donde se hallaban atascados. Veselovsky, para presenciar la caza, los había hecho entrar allí.

«¡Parece que le impulsa el mismísimo diablo!», gruñó Levin dirigiéndose al carruaje.


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