Ana Karenina
Ana Karenina Mas, aunque se esforzaba en estar tranquilo, sucedÃa lo mismo de antes. Su dedo oprimÃa el gatillo antes de apuntar bien. Todo iba de peor en peor.
Sólo tenÃa cinco piezas en el morral cuando salió de las marismas para dirigirse al álamo donde debÃa encontrar a Esteban Arkadievich.
Antes de divisarle, Levin vio a su perro, «Krak», que salió corriendo de entre las raÃces de un álamo, sucio del barro negro y pestilente de la ciénaga. Con aspecto triunfante, olfateó a «Laska».
Detrás de «Krak», surgió, a la sombra del álamo, la gallarda figura de Oblonsky. Avanzaba rojo, sudoroso, con el cuello desabrochado, cojeando como antes.
–¡Qué! ¿Habéis disparado mucho? –dijo, sonriendo alegremente.
–¿Y tú? –preguntó Levin.
La pregunta era superflua, porque su amigo llevaba el morral rebosante.
–No me ha ido mal.
Llevaba catorce piezas.
–Es un excelente cazador. A ti seguramente te ha estorbado Veselovsky. Es muy molesto cazar dos con un solo perro –dijo Esteban Arkadievich, para atenuar el efecto de su triunfo.