Ana Karenina
Ana Karenina
Al día siguiente, a las diez de la mañana, habiendo ya recorrido toda su finca, Levin llamó a la habitación donde dormía Vaseñka.
–Entrez! –gritó aquél.
Levin entró y le halló en paños menores.
–Perdóneme –se disculpó Veselovsky–, estaba acabando mis ablutions.
–No se apresure –contestó Levin, sentándose en el alféizar de la ventana. ¿Ha dormido usted bien?
–Como un leño. No me he despertado ni una sola vez.
–¿Qué toma usted, té o café?
–Ni una cosa ni otra: almuerzo sólido. Créame que estoy avergonzado de esto, pero es mi costumbre. También desearía dar antes un paseíto. Ha de enseñarme usted los caballos.
Habiendo Levin y su huésped paseado por el jardín y hasta hecho gimnasia en el trapecio, volvieron a la casa y entraron en el salón, donde estaban ya las señoras.
–¡Qué magnífica cacería! ¡Cuántas y qué agradables impresiones! –dijo Veselovsky al saludar a Kitty, que se hallaba sentada ante el samovar–. ¡Qué lástima que las señoras estén privadas de estos placeres!
