Ana Karenina
Ana Karenina
El cochero paró los caballos y miró a ver si encontraba a quién preguntar por la finca. Detrás, en un campo de centeno, cerca de un carro, sentados sobre la tierra, se veÃan varios campesinos.
El encargado fue a saltar para ir hacia ellos, pero, cambiando de opinión, se puso a llamarles a gritos.
El vientecillo que producÃa el caminar del coche, parado éste, se habÃa desvanecido, y el aire estaba en calma. Los tábanos se pegaron a los caballos, cubiertos de sudor, y éstos se defendÃan de ellos rabiosamente movimiento constantemente la cabeza, las patas, sacudiéndose con la cola. Cesó el ruido metálico de las guadañas, que estaban cabruñando los campesinos.
Uno de éstos se levantó y se dirigió al coche, andando poco a poco, con precaución por ir con los pies descalzos sobre un camino reseco y lleno de guijos.
–¡Más deprisa, gandul! –gritó el encargado, ¡A ver si llegas de una vez!
El viejo –de cabellos blancos, ondulados y atados con una tirita de corteza de árbol, de espalda curvada, manchada de sudor– apresuró el paso, andando a pequeños saltos y, llegando al coche, con su mano derecha, renegrida y arrugada por el sol, el aire y los años, agarrada al guardabarro, y con el pie izquierdo en vilo, dijo con gesto obsequioso:
