Ana Karenina

Ana Karenina

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El cochero y el encargado sentían, también, rubor por la pobreza, el mal estado y la mala presencia de su equipo.

El encargado, para ocultar su confusión, se dedicó a ayudar a las señoras a acomodarse en el carruaje. Filip se puso sombrío y se hizo propósito de no doblegarse ante aquella superioridad. Por lo pronto, sonrió con ironía al negro caballo de carrera. «Este caballo», se decía, «está bien únicamente para paseo y no podría ni hacer cuarenta verstas con calor y solo».

Los campesinos abandonaron sus carros y se acercaron a mirar, llenos de curiosidad y alegres, haciendo diversos y sabrosos comentarios.

–¡Qué contentos se ponen al verla … ! Se ve que hacía tiempo que no se veían –dijo el viejo de los cabellos ceñidos con la tira de corteza.

–Tío Gerasim; vaya por ese potro negro y tráigalo para llevar las gavillas, pues lo hará en un momento.

–Mire, mire. Aquel de los calzones, ¿es un hombre o una mujer? ––dijo uno de ellos, indicando a Vaseñka, que se sentaba en la silla de señora del caballo de Ana.

–No, hombre, no. ¿No ves cómo ha saltado a la silla?

–¿Qué, mozos, hoy ya no dormimos?


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