Ana Karenina

Ana Karenina

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Daria Alejandrovna observaba este lujo, tan nuevo para ella, y, como dueña de casa, aunque no tenía esperanza de aplicar algún día nada de lo que veía a la suya propia –¡aquel lujo estaba tan lejos de su modo de vivir!– involuntariamente entraba en todos los detalles y se preguntaba quién sería el que lo disponía. Vaseñka Veselovsky, su marido, incluso Sviajsky y otros hombres que ella conocía jamás pensaban en estas cosas a incluso procuraban que sus invitados creyeran que todo estaba tan bien arreglado en la casa que no les había costado trabajo alguno organizarlo, que todo se había hecho como por sí mismo. Y Daria Alejandrovna sabía bien que por sí mismas no se hacen ni las más sencillas papillas para los niños; se decía que, por tanto, para que en aquella comida tan complicada estuviera todo tan bien dispuesto, alguien debía de haber puesto en ello muy aplicada atención. Y por la mirada con que Alexey Alejandrovich revisó la mesa a hizo señal al mayordomo para comenzar a servir, y la manera en que la invitó a ella a elegir entre el potaje de verdura y el.caldo, Dolly comprendió que todo aquello se hacía y sostenía por los cuidados del mismo dueño. Se veía que Ana no participaba en ello más que Veselovsky, o Sviajsky, o la Princesa, todos los cuales no eran allí más que invitados que, sin preocupación alguna, alegremente, gozaban de lo que otro había preparado para ellos.


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