Ana Karenina
Ana Karenina
Levin se hallaba bastante lejos de la mesa electoral. Un noble, que estaba a su lado y respiraba fatigosamente, y otro que metía gran ruido con sus zapatos, le impedían oír lo que se decía.
De lejos le llegaba la voz suave del Presidente. Luego oyó la voz agria del señor batallador y también la de Sviajsky.
Fue cuanto Levin pudo comprender que estaban discutiendo sobre el espíritu de un artículo de la ley y sobre la significación que había de darse a las palabras «hacer objeto de una encuesta».
La gente dejó pasar a Sergio Ivanovich, que se dirigía a la mesa.
Éste, después de haber escuchado el discurso del señor batallador, dijo que lo mejor era consultar el artículo de la ley y pidió al secretario que lo buscase.
Sergio Ivanovich lo leyó y se puso a explicar su significación, pero entonces le interrumpió un propietario de tierras alto, grueso, encorvado, con los bigotes teñidos, vestido con un uniforme estrecho que le levantaba el cuello por detrás. Éste se acercó a la mesa y, dando un golpe sobre ella con su sortija, gritó:
–¡A votar! ¡En seguida a votar! No hay por qué hablar más.
