Ana Karenina
Ana Karenina
Vronsky siguió al conductor, subió a un vagón y se paró a la entrada del departamento para dejar salir a una señora.
Una sola mirada bastó a Vronsky para comprender, con su experiencia de hombre de mundo, que aquella señora pertenecía a la alta sociedad.
Pidiéndole permiso, fue a entrar en el departamento, pero sintió la necesidad de volverse a mirarla, no sólo porque era muy bella, no sólo por la elegancia y la gracia sencillas que emanaban de su figura, sino por la expresión infinitamente suave y acariciadora que apreció en su rostro al pasar ante él.
Cuando Vronsky se volvió, ella volvió también la cabeza. Sus brillantes ojos pardos, sombreados por espesas pestañas, se detuvieron en él con amistosa atención, como si le reconocieran, y luego se desviaron, mirando a la multitud, como buscando a alguien. En aquella breve mirada, Vronsky tuvo tiempo de observar la reprimida vivacidad que iluminaba el rostro y los ojos de aquella mujer y la casi imperceptible sonrisa que se dibujaba en sus labios de carmín. Se diría que toda ella rebosada de algo contenido, que se traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa.
