Ana Karenina
Ana Karenina
La estrecha sala en la cual se bebía y tomaban bocadillos estaba llena de nobles. La agitación iba constantemente en aumento y en todos los rostros se leía la inquietud.
Los más animados eran, sin embargo, los cabecillas, que sabían todos los detalles y el número de bolas. Eran los dirigentes del combate en perspectiva. Los demás, como los soldados, se preparaban para la
batalla, pero en tanto que comenzaba ésta buscaban pasar el rato divirtiéndose. Unos tomaban algo de pie o sentados a una de las mesitas; otros se paseaban por la sala o charlaban con sus amigos a quienes hacía tiempo que no habían visto.
Levin no tenía ganas de comer; no era fumador. No quería juntarse con los suyos, es decir, con Sergio lvanovich, Esteban Arkadievich, Sviajsky y otros, que mantenían animada conversación, porque con ellos estaba Vronsky, vestido con su uniforme de caballerizo del Emperador. Aun el día antes Levin le había visto en las elecciones y había evitado su encuentro, no queriendo saludarle.
