Ana Karenina

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Contribuían a ello su riqueza y distinción, su cualidad de noble de alta categoría; el espléndido departamento que en la ciudad había dejado a su disposición su antiguo conocido Schirkov, que ahora se ocupaba de asuntos financieros y había abierto en Kachin un banco que marchaba prósperamente; el estupendo cocinero que Vronsky se había traído de su finca; la amistad con el Gobernador, que era amigo íntimo suyo y además protegido de otro amigo de Vronsky; y, sobre todo, le ayudaba a ello su trato sencillo, afable a igual, que obligó a la mayoría de los nobles a modificar la opinión de soberbio en que casi todos le tenían.

Él mismo sentía que, excepto aquel señor tan raro, casado con Kitty Scherbazky que, à propos de bottes le había dicho, con desenfrenada irritación, una porción de tonterías, cada noble que él conocía se convertía en seguida en partidario y amigo suyo.

Vronsky sabía fijamente –y los demás se lo reconocían de buen grado– que Neviedvsky le debía mucho de su éxito. Y ahora, en la mesa de su casa festejando la elección de aquél, experimentaba, por su protegido, el sentimiento agradable de la victoria.



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