Ana Karenina

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–No estaré en la conferencia, pero he prometido a mi cuñada pasar a buscarla allí –contestó Levin.

Hubo otro silencio.

La madre y el hijo cambiaron una mirada.

«Bueno, parece que ahora ya es tiempo», pensó Levin. Y se levantó.

La Condesa y los dos hijos le dieron la mano, rogándole que dijera mille choses de su parte a su mujer.

El portero, al ponerle su abrigo, le preguntó: «¿Dónde para el señor en Moscú?». Y en seguida lo anotó en una libreta grande y elegantemente encuadernada.

«A mí me da igual», pensó Levin, « pero, de todos modos, me molesta y ¡es tan ridículo todo esto!». Se consoló, no obstante, pensando que todo el mundo hacía visitas como aquélla.

Se dirigió de allí a la conferencia pública donde había de encontrar a su cuñada para ir juntos a su casa una vez terminado el acto.

Había allí una numerosa concurrencia, y se veía a casi toda la alta sociedad.

Al llegar él, todavía hacían la exposición general, la cual le aseguraron que era muy interesante.


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