Ana Karenina
Ana Karenina
Cuando Ana entró en el saloncito, halló a Dolly con un niño rubio y regordete, muy parecido a su padre, a quien tomaba la lección de francés. El chico leía volviéndose con frecuencia y tratando de arrancar de su vestido un botón a medio caer. La madre le había detenido la mano repetidas veces, pero él persistía en su intento. Al fin Dolly le arrancó el botón y se lo puso en el bolsillo.
–Ten las manos quietas, Gricha –dijo.
Y se entregó a su labor de nuevo. Hacía mucho tiempo que la había iniciado y sólo se ocupaba de ella en momentos de disgusto. Ahora hacía punto nerviosa, levantando los dedos y contando maquinalmente.
Aunque hubiera dicho el día antes a su marido que la llegada de su hermana nada le importaba, lo había preparado todo para recibirla y la esperaba con verdadera impaciencia.
Dolly estaba abatida, anonadada por el dolor. Recordaba, no obstante, que Ana, su cuñada, era la esposa de uno de los personajes más importantes de San Petersburgo, una grande dame de capital. A esta circunstancia se debió que Dolly no cumpliera lo que había dicho a su esposo y no se hubiera olvidado de la llegada de su cuñada.
